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La Coctelera

Absurdismo: más allá del límite del absurdo

No intentes comprender nada. No busques lógica. No limpies tus zapatos con betún comestible ni leas las revistas que tapizan tus dientes ciertas tardes. Cepíllate las uñas después de cantar y escupe a tus mayores siempre que tengas miedo.

5 Octubre 2005

Deporte «servilletero» poco apto para menores

Hola, amiguitos y codornices a la vasca:
Disculpad mi ausencia de varios días. Actividades como la poda de conchas de caracol nacidas en los paños para limpiar el polvo, las carreras de podencos mastodónticos y la organización de sardinadas en los huecos de escaleras caducas me han mantenido demasiado ocupada y un poco fuera de la realidad. Pero ya he vuelto, con fuerza, vigor y músculos.
Quiero hablar de una afición que tengo desde los 7,3 años. Se trata de lo siguiente:
Por las noches, siempre y cuando haya luna semi-curva, me lanzo desde la terraza de mi casa o desde un campanario abandonado con un paracaídas hecho de sevilletas de papel utilizadas previamente en establecimientos de comida rápida. Es cierto que cuando era tan sólo una niña con zuecos de madera y trenzas detrás de mis catorce orejas no existían este tipo de restaurantes, pero sí había algunos comedores para mineros y madres solteras sin remisión en los que se empleaban ingredientes muy similares a los de nuestros actuales y amados «fast-food», por lo que mi afición se podía llevar a cabo en toda su pureza.
La parte de confeccionar el paracaídas es la más sencilla. Resulta, sin emabargo, ligeramente más compleja la de reunir las servilletas manchadas. Mi presencia en los restaurantes salchicheros y hamburgueseros no es siempre bienvenida, puesto que, quien más y quien menos, conoce mi dilatada trayectoria en la Asociación por la Defensa de la Fabada Que No Sea de Lata, Coño (ASF QNSDLC), y claro, mi filosofía culinaria y social no encaja en sitios como esos. Por eso tengo que ser rauda, veloz y un poco cóncava a la hora de rescatar las piezas de celulosa grasienta que, tras unas horas de secado al humo de una lumbre hecha de palos de patas de armario, se transforman y adoptan una textura de lo más aerodinámica y una resistencia que más de uno la quisiera para la piel que cubre sus criadillas, oiga. (Junto a este texto adjunto una instantánea de mi prima Petunia -izquierda- y yo instantes antes de penetrar, debidamente camufladas, en un conocido restaurante de comida veloz para proceder a la recolección de las preciadas sevilletas).
Pues bien, cuando las susodichas servilletas han alcanzado el grado óptimo de tenacidad y elasticidad al mismo tiempo, comienzo a unirlas unas con otras sobre un armazón fabricado con cráneos de grullas y saltamontes hembra hasta que el artilugio volador comienza a tomar forma. Justo entonces, cuando comienza, lo dejo un rato y, normalmente, me pongo a bailar una sardana o un par de jotas zaragozanas para liberar tensiones y hacer mi vida más llevadera.
Después (aproximadamente tres horas más tarde) vuelvo a mi tarea y finalizo la estructura completa. El siguiente paso es vestirme con un mono de soldador de color negruzco y ponerme plumas de avestruz en la cabeza para, casi de inmediato, iniciar una carrera de lanzamientos de mi propia estructura ósea que no se la salta un gitano.
Más que los saltos desde mi terraza, plagada normalmente de perros abandonados con las patas unidas entre ellos por una larga correa de goma espuma que les mantiene vivos, me gustan los lanzamientos desde campanarios antiguos, en los que los murciélagos y las señoras de la limpieza hacen piña y se vuelven inquilinos de un lugar sin leyes.
Me encantan estos deportes de aventura. Eso sí, por favor, que ningún niño, niña o toro de lidia realice esta práctica sin la supervisión de una adúltera recién levantada del lecho y cubierta por un fino salva-mateles o, en su defeco, un salva-pantallas para Mac.
Gracias.
Os amo.

servido por Absurda 1 comentario compártelo

1 comentario · Escribe aquí tu comentario

engelson

engelson dijo

Donde esté la fabada natural, que se quite la enlatada.
Estás muy guapa junto a tu prima Petunia y, nuevamente, nuestras aficiones coinciden: me encanta bailar danzas regionales en mis momentos místicos.

5 Octubre 2005 | 11:41 AM

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Sobre mí

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Absurdismo: más allá del límite del absurdo

Sumidero Sur, España
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Me tapo las nalgas con una pequeña falda confeccionada con trozos de viejas botellas de plástico que antes albergaron agua de manatial. Calzo sandalias hechas con tiras de papel maché. Fumo siempre a las siete menos cuarto, y siempre cigarrillos de azúcar moreno (nunca rubio). Me encanta recortar códigos de barras y fotos de libélulas para diseñar mis complementos. Odio pillarme los dedos con la tapa del báter de mis vecinas las de abajo, las hippies locas, y me entusiasma mascar chicle con piedrecitas dentro. Si quieres saber más sobre mí, sólo tienes que leerme sin atención. Lo demás, vendrá solo.

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