Urge cita a ciegas: a tientas, a barrancas, a tontas y a tinieblas
Ayer por la tarde decidí dedicar mi tiempo a cuidar de mi tía-tatarabuela Delia Flor Vagina. Desde hace algunos meses se encuentra algo deprimida a causa de una discusión con una de sus sirvientas, la del moño arremangado y las mangas ceñidas a los pezones, concretamente. Esta empleada del hogar es una mujer un tanto hostil y en numerosas ocasiones intenta absusar de mi anciana tía Delia Flor Vagina, a la que pretende arrancar los rubíes que ella tiene incrustados en sus pupilas desde los doce años, regalo del zar de Rusia Manolo Aztércoris, hombre de gran solera y salubridad con el que la familia de mi tía-tatarabuela Delia Flor Vagina mantuvo una relación muy intensa cuando ella sólo era un pedazo de carne infantil sin a penas cerebro.
Es cierto que los años pasaron y que los lazos que les unían se fueron desgarrando cual torpes patas de garza atrapada en una trampa para bisontes, pero mi tía-tatarabuela Delia Flor Vagina siempre sintió algo muy especial por ese hombre de hombros puntiagudos, voz de cuenca de ojo vaciada en accidente de circulación sanguínea y talones desenmascarados y cuajados de sinrazón. De hecho, durante estos meses y a causa de los desórdenes mentales y arteriales que los problemas con la malvada sirvienta le han causado, mi tía-tatarabuela Delia Flor Vagina ha vuelto a pensar en el zar de Rusia Manolo Aztércoris con una insistencia casi enfermiza.
Cuando ayer llegué a su pequeña casa, exacavada en la roca por ella misma con la única ayuda de las uñas de sus fornidos pies planos y llenos de aristas cortantes, la encontré derrumbada sobre su hamaca flotante, donde se practicaba tocamientos en el paladar y entre los pliegues externos de las orejas, así como entre las uñas y debajo de los párpados, mientras gemia su nombre con total entrega y dilación. A penas se importunó cuando la descubrí dándose placer a sí misma, puesto que mi tía-tatarabuela Delia Flor Vagina es bastante natural y diligente, pero se sintió triste al contarme la historia de su amor imposible.
Lloró durante al menos trece cuartos de hora y, cuando por fin volvió a la normalidad, sus ojos se habían convertido en dos enormes huevos de avestruz cocidos y poblados de venas sanguinolentas que formaban inmensos ríos rojos y purpúreos que goteaban sobre la alfombra blanca frabricada a mano con hilos de oído interno de ánade. Fue un momento difícil para las dos, porque ella nunca se había mostrado tan caleidoscópica conmigo, pero pronto nuestras rodillas se fundieron en un abrazo reconfortante y amargamente diluido y torpe.
Me hizo sentir bien pasar la tarde con ella. Volveré en aproximadamente 36 días a su casa y tengo previsto llevarle algún regalo. Sé perfectamente que no puedo llevarle a su hombre ideal, a su zar deshuesado y capacitado para la doma de ponzoña altiva, pero quiero buscarle una cita a ciegas.
Desde aquí hago un llamamiento a todos los hombres y mujeres dipuestos/as a dar amor y a derrumbar contenedores de pilas junto a cadáveres autónomos de islas desiertas o, por lo menos, a diseccionar excremenos de oropéndolas desintegradas por proyectiles infiltrados en Perú desde las siete. Eso es todo lo que ella necesita para ser feliz.
¿Algún candidato/a?
