No puedo esperar más. El tiempo se me hace escaso, volátil, sutil, efímero y como de cuadritos amarillos. El hábito de escribir se empieza a convertir para mí en algo adictivo y sumamente placentero. Y hoy, ni corta ni perezosa, ni larga ni hiperactiva, voy a relatar otra de mis aficiones. Es cierto que relatar mis aficiones se está convirtiendo en una de mis aficiones propiamente dichas pero, además, tengo más porque, de no tenerlas, no podría llevar a cabo esta primera de la que hablo, es decir, hablar de mis hobbies.
Pues bien. Resulta que me gusta atarme las pantorrillas con cosas elásticas (valen cinturones o tirantes de esos que teníamos de pequeños y que se pueden estirar hasta cerca del infinito, medias, turbantes o diademas para el pelo o trajecitos de bebé de textura cálida y mullida) para, a continuación, comenzar una especie de peregrinación por el parque que hay debajo de mi casa. Lo que hago normalmente cuando quiero poner en práctica esta afición es bajar a dicha zona ajardinada con bermudas o pantalones de ciclista (me gusta el bultito que la almohadilla deposita entre mis nalgas, me parece extrañamente estético) y camiseta de tirantes blanca, Abanderado, si puede ser, llena de pins y chapitas de insectos del Amazonas (colecciono insectos de dicha zona del planeta y después confecciono con ellos estos bellos complementos para el vestir). Luego me siento en un banco, me relajo y comienzo a atarme las pantorillas con el elástico en cuestión. Una vez bien sujetas mis piernezuelas, inicio el recorrido.
Al principio lo hacía así, a pelo, pero recientemente descubrí que ir de árbol en árbol, de banco en banco y de papelera en papelera era mucho más enriquecedor si colocaba sobre mi cabeza un tocado elaborado con hueveras vacías de cartón amarillo y rugoso. Me pongo la huevera en la cabeza y la sujeto con firmeza bajo mi mentón con un barboquejo hecho a partir de cualquier otra pieza de elasticidad considerable.
Cuando llego a la zona de los columpios, donde hay arena y el suelo es más blandito, hago el pino sobre la huevera, que se apoya con precisión en el suelo y hace de amortiguador entre dicha superficie y mi cráneo, tan juvenil y virginal. En esta posición, meneo las piernas -siempre sujetas por el elástico- realizando movimientos rítmicos. A veces también hago el pino sobre el tobogán y, en contadas ocasiones, sobre alguno de los columpios, aunque para esto último tengo que estar especialmente inspirada.
Luego vuelvo a mi casita a saltitos, con las manos sobre la huevera (es una posición muy descansada después del ejercicio) y me doy una ducha de agua helada, pero con la huevera puesta, porque el tintinero de las gotitas sobre el cartón reciclado y reciclable me relaja especialmente.
Esta afición la práctico los martes, aunque algunos miércoles no me puedo controlar y, en cuanto menos lo espero, ya me estoy amarrando las piernas con los tirantes de alguno de mis sobrinos pequeños y vaciando hueveras como una loca. Una, que tiene estos pronto...

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