Un vicio oculto más allá del placer
He descubierto una nueva afición que se está tornando inesperadamente adictiva. Esta mañana, mientras me despojaba de mis ropas de satén fosforescente con las que duermo cada noche, me paré a pensar ante el espejo con forma de elefante. Me di cuenta de que la rutina me rodeaba y de que el tedio comenzaba a ser mi compañero único y mudo de habitación y vida. Lo tuve claro: tenía que cambiar.
Desnuda y sudorosa me dirijí a grandes zancadas hasta la nevera con forma de catalejo pirata y vacié a manotazos la primera balda, en la que se podía leer con letras grabadas en bronce: TODO PARA EL DESAYUNO. Acababa de decicir que ya no habría más desayunos iguales y que, si tenía que destruir a zarpazos la rutina que imperaba en mis horas, debía empeza por romper mis hábitos matutinos.
Una vez que todos los alimentos estuvieron en el suelo, desaforada e imparable, me lancé sobre ellos mientras gritaba «nunca más leche descremada; nunca más tostadas integrales con trece cereales; nunca más mantequilla de vacas rusas olvidadas y furcias». Tras aquel ritual repentino, que fue más una liberación que otra cosa, me lacé sobre la nevera, cuya puerta se mantenía abierta, y comencé a golpear con mis puños tatuados con formas oblicuas rococós las letras de bronce de la balda primera. Los nudillos pronto se me llenaron de sangre, lo que me llevó a hacerme con varias herramientas que conseguí encontrar en el garaje, dentro de un baúl con forma de noche de luna llena. Los útiles de trabajo, tal vez pertenecientes a mi tatarabuelo Eugenio Donovan, famoso en la vencidad por sus pulidos trabajos de tanatoestética, me ayudaron a arrancar las letras, que lancé con violencia, una a una, contra el suelo de baldosas con forma de especímenes del Más Allá.
Una vez liberada de mis hábitos de desayuno, decidí por fin innovar en el inicio de mi día. Todavía desnuda, sin un solo rincón de mi cuerpo vacío de restos de comida, con las manos sangrantes y los músculos agotados por el esfuerzo animal que acababa de llevar a cabo, llevé mis pasos hasta el comedor y, bajo la lámpara, comencé a realizar una danza oscilante en la que estuve sumida al menos dos horas. El movimiento giratorio comenzó a liberar mi mente y todo mi cuerpo se sintió entre nubes de frescor y plumas gigantescas. A medida que realizaba mi baile, por mi cerebro iban pasando imágenes de mundos imposibles, de cazadores de tímpanos, de mendigos sonrientes y de noches en forma de estrella azul. El placer me lubricaba la bulba, pero no era sexo lo que necesitaba. Sólo quería seguir así más y más tiempo.
Una llamada repentina de teléfono me sacó de mi trance y mi placer. Era mi prima Putralca, que vuelve a tener dudas sobre sus desórdenes amorosos y el color de sus excrementos. La odio. Siempre tiene que descolocar mi vida. Tras darle largas sobre esa futura cena en familia que quiere que ambas organicemos, volví al centro del comedor, a mi lugar bajo la lámpara, y volví a girar en buscar de mi placer único e imparable.
Ahora sólo sé que necesito volver, que tengo que regresar al comedor
para practicar mi nuevo vicio, mi afición oculta, mi renacer.
Hoy vuelvo a la vida sobre las puntas de mis pies.

noesmivida dijo
joder!!! .. genial!, me encanta ! :-)
(prometo no volver a repetirme en los comentarios ...ala a los Bookmarks!)
26 Agosto 2005 | 01:37 PM