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Terra
La Coctelera

Compartir expericias: mi objetivo

Mis actividades sexo-paleontológicas me han mantenido alejada de vosotros durante todos estos meses. En primer lugar debo pedir discupas por mi ausencia a todos mis admiradores y a cuantos maniquíes de almacén cubano dedicado a la mampostería de ciervos curvados por las fauces me lean en el día de hoy. En segundo lugar, lo que haré será relatar mi experiencia durante estos meses, de forma resumida, pero no por ello menos caucásica e intrincada.
El hecho es que, durante estos magníficos meses, me he centrado en la capacitación de cordeles de algodón con miras a una mejor ratificación de los precios coétaneos de nuestros cruceros entre los dedos de los pies de otro. Ha sido realmente enriquecedor, muy polimórfico y algo catalítico, pero ha merecido la pena al cien por cien, sobre todo en lo que se refiere al camarote de los cuatrocientos crustáceos cascados con cocos y conchas cutáneas, que me han servido de bote salvauñas en más de una ocasión.
Desde aquí, cómo no, quiero agradecer a todos aquellos que han participado conmigo en este viaje, pues ellos me han dado todo su prestigio mutante, su antelina cariada y sus dos dedos de Frente Juventudes.
He aprendido mucho durante estos meses. Tanto que, dentro de poco, tendré que casarme con un lobo feroz y hablar con trece salvajes del norte de mis encías para asimilar mejor todo este cúmulo de almenas petrificadas en mi sien y este magnífico coagular de cuanto me aprisiona el tuétano.
Ahora lo que más necesito es compartir mis conocimientos con vosotros, con alguien que haya experimentado las mismas sensaciones que yo. Así que, si estás ahí, alza tu pelvis y menea el codo.

Busco a mi amiga desaparecida: PAULA MUELAS PACOMIA

Hola a todos menos a dos:

Quisiera hacer un llamamiento desde aquí, lanzar mi garganta al aire como si de una serpentina musculosa se tratase y hacer que mi aparato fonador retumbe en el infinito, mientras mis globos oculares se desorbitan tras el esfuerzo -y, tal vez, el placer- y mi oído interno pende de su pequeño origen como un buen par de pantys sin carreras. Lo que quiero, en realidad, es solicitar vuestra ayuda. Lo que ha sucedido es lo siguiente:
Mi mejor amiga ha desaparecido. Quizá alguno de vosotros pueda ayudarme, tal vez tenga una pista sobre su paradero o quiera colaborar a reducir mi estado de nerviosismo de algún modo. A continuación, paso a detallar sus principales características, así como sus datos personales:

Nombre.- Paula Muelas Pacomia
Edad.- 50
Nacida en.- Todoslosantos
Profesión.- Capataza de obras menores de edad
Estatura.- 1,45
Peso.- Impreciso
Color de piel.- Tostado
Ojos.- Dos
Uñas.- Cortadas al ras
Rótulas.- En perfecto estado de descomposición
Dientes.- Carcomidos y crudos por los bordes
Pestañas.- Circulares y muy rígidas (sobre todo por las noches)
Voz.- En off
Cabello.- Innumerable y esponjoso
Yemas de los dedos.- Dispuestas a volverse huéspedes
Talones.- Pulidos como roca fina
Uñeros.- Tres (que se sepa)
Vientre.- Moldeable
Amígdalas.- De oro
Labios mayores.- Etruscos
Labios menores.- Ponzoñosos, pero con un lustre indómito y sagaz
Parénquima.- Empalizado

Por favor, si alguien la ha visto, que me dé una coz.

Una prueba

Me faltan horas en el día (y caníbales, claro)

Tengo cuatro amantes y un funeral esta tarde. No sé si me va a dar tiempo a todo porque, además, he quedado con una señora que quiere que le haga cuatro bocetos de sus uñas en garra y un croquis sobre el esqueleto de su difunta morsa. Hoy es un día lleno de quehaceres y me veo obligada a escribir estas letras a la velocidad de la luz, tarea para la que, específicamente, me he conectado un flexo tras la córnea y cuatro altavoces entre los gemelos.

Pues eso, entre los gemelos, la abuela, mi tía Telmaluís y los veinte croatas que han venido de visita, no tengo tiempo para nada. Sólo espero que pronto, muy pronto, los cangrejos de río que han formado enormes carcasas de cal en mi occipital derecho decidan emigrar a la India. Mientras tanto, aquí seguimos todos.

Además, me ha salido un uñero con sabor a canela y he dado a luz a cuatro chinos de musculatura imponente y cordones para abrocharse las orejas. No doy abasto, no señor.

Y es que la vida de ama de casa es muy sacrificada. Daría lo que fuera porque alguien se encargara de tareas tan tediosas como cruzar la cara de los paseantes que desploman los jarrones instalados en el iglú donde viven mis suegras, cazar mariposas árabes a altas horas del mediodía, cocer troncos de árboles de la ciencia, del bien y del mal y cauterizar heridas subsanadas en el conunto vacío de un pingüino sin aspersor.

No puedo más, señores. Ay... quién tuviera un caníbal sediento aspirando a ser detective para la marca Lego...

Ayuda urgente, por favor: salvemos a Pedúncula

Mi llama Pedúncula se ha tragado un zapato azul marino con los cordones a juego. El problema no es el zapato, ni tampoco los cordones. Lo que sucede es que el azul le sienta fatal. Se pone como una moto y sus ojos parpadean a una velocidad tan elevada y con una fuerza tan estridente que las corrientes de aire que desprenden han causado ya varias olas de frío en el continente en el que resido temporalmente.

Por favor, si alguien tiene infomación sobre el tema, le rogaría que contactase conmigo y que se hiciera tatuar un grano de arroz en algún lugar de sus sandalias.

Espero vuestras respuestas con el plumífero puesto y unas conchas de berberechos a modo de sombrero minimalista.
Un gran saludo para todos y una corneja apaisada para los más avispados.

Fidelidad amorosa: las claves milenarias

Si quieres conseguir fidelidad por parte de tu pareja, no te lo pienses dos veces y pon en funcionamiento estos mandamientos que mi buena y anciana tía Braguinha Delacroix me dejó poco antes de morir. Recuerdo que escribió todas las indicaciones con letra gótica (los títulos, en élfico, eso sí) y me entregó el papel, elaborado en pergamino auto-retráctil por ella misma y su colonia de húngaros deformes y semi-ciegos, con una soltura extrema para una mujer de su edad. A continuación, pronunció las siguientes palabras:
-Hija mía, transmite esta sabiduría que ahora te hago llegar, pero hazlo siempre con una pezuña de ñu sobre la cabeza y las raíces de las muelas del jucio de un ánade entre los dedos de tu pie izquierdo. De lo contrario, mi esfuerzo habrá sido un cúmulo de absurdas acciones concatenadas sin orden previo ni caparazón de ostra.
Como queda latente, mi anciana tía Braguinha Delacroix era una mujer de campo sin cultura alguna. Ella se había hecho a sí misma, había dado a luz a catorce muchachos como catorce luceros y su vida laboral siempre había transcurrido entre la Cámara de los Diputados, la de los Comunes, la Real Academia de la Lengua Austro-Húngara y la Gran Manzana de Nueva York. Su carácter campesino y su voz ronca la acompañaban allá donde sus pies en forma de uña ganchuda la trasladaban, y sus conocimientos sobre arquitectura soviética de posguerra la ayudaron a salir de muchos trances.
Pues bien, segundos antes de estirar la pata, mi ancianísima tía Braguinha Delacroix hizo un gurruño con el papel que contenía sus consejos para lograr la fidelidad en cualquier pareja que se precie y me lo introdujo en el calcetín izquierdo. Desde entonces, y hasta hace sólo cuatro minutos y medio, ha estado ahí, esperando a que llegara el momento de salir a la luz.
Estos son sus mandamientos:
1.- Acariciarás animales ajenos de razas puras siempre que tu pareja haya olvidado meter en alguno de sus bolsillos un clip sujetapapeles de plata de ley con vuestra dirección y teléfono grabados en oro.
2.- Perseguirás a delincuentes menores de edad siempre y cuando tu pareja se dedique a saltar sobre ancianas sentadas en el centro de la Plaza Mayor de tu pueblo natal.
3.- Te morderás las uñas los días impares y masticarás regaliz de palo cuando la luna esté en cuarto menguante.
4.- Te las apañarás como puedas si dejan de fabricar las gominolas con azúcar por encima y, más aún, con pica-pica.
5.- e=mc2
Estas son sus sabias indicaciones que, por fin, salen a la luz pública para devolver el bienestar social arrancado de cuajo.

De cómo me sentí cuando salí del útero

El día en que yo nací, nacieron todas las flores. Ese día llovía azúcar moreno en la Península y más allá de las cejas. Recuerdo -porque tenía yo por entonces una memoria voraz y despiadada para mi corta edad- que cuando salí del útero materno, noté una extraña sensación. Fue como si una manada de becerros me acariciase el cráneo con sus lenguas y como si el pico de una cigüeña negra (actualmente en peligro de extinción) picoteara mis nalgas con un ritmo frenético. Pronto mis avispados ojillos de ex-nasciturus se dieron cuenta de que lo que sentía no era sino las caricias de las enromes manos de mi madre, que por entonces lucía unas inmensas palmas repletas de incrustaciones de diamante y decoradas con piel curtida de alce. Enseguida comencé a sentirme como en casa.
Mi madre dio a luz ella sola, sin nadie a su lado, sin perrito que ladrara junto a su cama de parturienta y sin cuidados médicos de los de ahora. Las modernidades no tenían cabida en la época. Ella se apañó la mar de bien, puesto que se hizo con una estupendas tenazas de la chimenea y con un bidón de agua bendita que, dicho sea de paso, fueron los que me dieron la vida.
Me he acordado de todo esto porque dentro de trece años es mi cumpleaños. Antes no se cumplía un año cada vez, sino uno cada trece años, puesto que el bajo poder adquisitivo no permitía celebrar tantas fietas como ahora. Yo sigo manteniendo esta costumbre, pero ya he empezado a planear mi fiesta, en la que habrá decenas de cocoteros parlantes meneando el esqueleto, algún que otro guardia de tráfico que ponga orden en mis bostezos y una patata manoseada que irá de boca en boca sin que le pese. Y es que, ya se sabe... el día que yo nací, nacieron todos los faisanes del Sudeste Asiático.

Hoy me siento «bailonga» y solidaria

Cuando las yeguas del jardín de al lado comenzaban a trotar para mostrar su celo, mis ojos se abrían como compuertas de alcantarilla a un nuevo mundo. He despertado lozana y cruciforme, tanto que, en lugar de dedicarme a rebuscar escarabajos en los altos de los armarios, he optado por colisionar con gran potencia contra todo aquel que se topaba conmigo esta mañana.
En lo que va de día, he chocado con tres secreatrias de dirección, cuatro mozos de cuerda, un botones, doce amas de casa, trece limpiabotas, un cartero, cuarenta estudiantes de Primero de ESO, dos profesores de danza de vientre y una gallina de Guinea. Cada uno de ellos ha declarado sentirse «como Pedro por su casa» tras el choque contra mi robusto torso. Esta afición me gusta, y creo que a mis conciudadanos, también.
Lo que más les agrada, creo yo, es el hecho de verme vestida con este precioso traje regional heredado de mi tío Alcorque. Me hecho unos bailoteos que pa qué... Doy vueltas y vueltas como una peonza y, cuando menos se lo esperan, me echo sobre el primero que pasa y le toco las castañuelas en el oído interno. Les gusta ese chasquido repetitivo por las mañanas. Dicen que es como si les limpiara los tímpanos con una torunda especializada. Además, llevo pequeños cascabeles en mis pestanas (uno en cada una) y, al parecer, este sonido les relaja y les arrulla.
Me encanta hacer feliz a los demás. Pronto organizaré una ONG llamada “Bailarines Regionales con Cascabeles en las Pestañas que Colisionan con la Gente Sin Fronteras”. ¿Podré contar con vuestro apoyo?